Tres historias entrelazadas (parte 3)

Escribí tres historias breves que se cruzan, se encuentran, se entrelazan. Hoy les comparto la tercera parte: M. T.

Miguel Travacio. 48 años. Joyero artesanal. Su agenda electrónica le informó que tenía una reunión a las 11:30 con Gustavo Montoya en Arenales 422, tercer piso, A.

No era un cliente nuevo, ya le había encargado otras joyas para su mujer y al igual que las veces anteriores, le había pedido mantenerlo en secreto. Por eso en el celular de Gustavo, Miguel Travacio figuraba como M. T., y por recomendación propia. Ya había tenido otros disgustos con distintos clientes y a partir de sus malas experiencias, recomendaba que agendaran su nombre solo con sus iniciales. M. T.: cortito y al pie.

Como faltaba un poco para las 11.30, horario en que Gustavo lo había citado porque sabía que María no estaría en la casa, Miguel pensé en hacerle una llamadita. Por si acaso. Sacó el celular del bolsillo y marcó, sonaba. Nada. Era raro, Gustavo tendría que estar en la casa.

M.T. caminaba por el centro de la vereda. No le gustaba hacerlo muy cerca de la calle. Se expondría a algún tipo de accidente o podría empaparse cuando algún desubicado pasara intencionalmente a toda velocidad por la zanja. De esos nunca faltan.

Tampoco tan cerca de las casas, alguien podría salir de golpe con la bicicleta y pisarlo, o podría llevarse por delante un chiquito que sale desaforado a la calle huyendo de su propia madre. Uno nunca sabe.

Por eso lo mejor es siempre ir por el centro. Así se reducen los riesgos. O casi.

M.T. no llegó a Arenales a la hora que pensaba. De pronto quedó tumbado en la vereda, un rato bastante largo, hasta que pudo incorporarse y darse cuenta de que aquello que casi le revienta la cabeza no fue ningún meteorito, como pensó en un primer momento. Tampoco una maceta. Era un libro, de tapas amarillas.

Cuando logró ponerse de pie, dispuesto a putear al culpable, levantó la vista y solo vio balcones. Todos iguales. Todos con rejas, todos con macetas. En algún lado había leído que en casos como estos si no se lograr dar con el culpable, responde el consorcio. Eso lo alivió, temporariamente.

Se sacudió el saco, indignado. Fue hasta la entrada y apretó el 3º A. Una vez, dos.

En ese momento llegó una chica, en bicicleta.

M.T. le preguntó si vivía ahí. Sí, vivía. En el 2º. Con la tía. Le ofreció esperar en el recibidor. M. T. entró sin saber bien para qué, Gustavo todavía no contestaba. El libro permanecía en la mano.

Apareció una mujer. En desabillé, bajó por las escaleras. Parece que estaba mal, por su cara. Le dijo a la chica que le falta uno. De la caja. Estaba abierta y faltaba uno.

Después de un rato se dio cuenta que al lado de la chica estaba parado un hombre, con un libro en la mano, casualmente. La señora le gritó ladrón, se acercó, le dio una cachetada. Le preguntó, a los gritos, de dónde lo robo, si estaba entongado con la editorial. Lo amenazó con llamar a la policía.

M. T. hubiera querido responder, pero no pudo. Estaba asustado y atolondrado aún. La señora lo empujó, le abrió la puerta de la calle y lo volvió a empujar. Cerró bien fuerte, como para asegurarse que el ladrón no volviera a entrar.

Se escuchó una voz, salía del portero. Decía hola, hola. Era Gustavo del 3º A. Pero nadie respondió.

 

 

 

Anuncios

3 comentarios en “Tres historias entrelazadas (parte 3)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s