Uno de los míos

Hoy les comparto uno de mis cuentos: “Postergación” (Tercera Mención Concurso de Cuento y Poesía Horacio Quiroga 2016, SADE, filial Zona Norte)

Las críticas son bienvenidas…

POSTERGACIÓN

“El teléfono al que usted llama se encuentra apagado o fuera del área de cobertura”.

Clara se quedó con el inalámbrico pegado a la oreja por más de un minuto. Escuchó la voz mecánica de la mujer que le informaba, para su disgusto, sobre la incomunicación. Había pensado mucho antes de llamar, había dado vueltas alrededor de la mesa, se había preparado un té y había bajado un poco la persiana que daba a la calle.

Era el primer número al que llamaba de los cinco que había conseguido. A este último, que acababa de descartar y no por voluntad propia, lo había encontrado en un aviso poco claro de una publicidad callejera.

Dejó el teléfono sobre la mesa con algo de enojo consigo misma y se sentó un rato en la silla mecedora, como para recobrar fuerzas antes de seguir. Apoyó un codo en el apoya brazo y luego dejó caer su cabeza sobre el puño cerrado. Le pesaba como una bola de acero cargada de cansancio o de culpa o de ambas. Bebía el té en pequeños sorbos. Quizás esa lentitud le permitiera, aún sin proponérselo, postergar sus decisiones. Parecía dormitar y cada tanto sólo movía los músculos necesarios para mirar por la ventana. Estaba entreabierta, un viento sutil estremecía la cortina; afuera unas pocas voces, de esas que ella prefería no escuchar, aletargaban la tarde.

No sabía si seguir el orden en que los tenía agendados o elegir cualquiera al azar, aunque ello no implicara necesariamente un cambio de planes. El papel en que los tenía anotados era pequeño, de bordes desparejos y estaba por demás arrugado. No quiso hacerlo en un anotador ni en el celular, lo mejor era no dejar ningún rastro en este tipo de cosas. Por eso había arrancado una hoja de un cuaderno escolar y los había escrito con lápiz. Es más fácil borrar el lápiz que la tinta.Siguió con el tercero: Juana. La característica no era de su ciudad pero en caso de poder contactarse no hubiese tenido problema en viajar unos pocos kilómetros. Marcó y con cada nuevo botón que apretaba, su corazón se agitaba hasta el punto de poder escupirlo.

– Hola.

Clara tardó un poco en contestar.

– Hola, quisiera comunicarme con Juana.

– Acá no vive ninguna Juana, señorita. Debe tener mal el número.

Ese número se lo había dado una conocida que ya lo había hecho un tiempo atrás. Le dijo que hacía un trabajo “limpio”, “cuidado” y que era de confiar. El silencio del otro lado le indicó que la conversación estaba terminada. Otra oportunidad menos. O más, depende de cómo se lo mire. Sintió un dolor repentino en la panza seguido de náuseas que hacía semanas ya no tenía. Fue en busca de un poco de agua para calmar su malestar, aunque poco pudo hacer el líquido para barrer el asco.

El tercero a quien llamar era el primero que tenía anotado. Marcó. Sonaba ese sonido repetitivo que deja un espacio entre los tonos y que aumenta la ansiedad de ser atendido, aunque también de no serlo. Siguió sonando hasta que el que respondió fue el contestador. Sintió una sensación difícil de describir, distinta de la que tuvo en las llamadas anteriores. Sabiendo que no podía dejar mensaje, colgó. Y soltó fuertemente el aire que había aguantado en los últimos segundos, con alivio.

En su olfato aún guardaba el olor a campo impregnado en la piel de Marcos, sus movimientos tan toscos como excitantes, los fardos clavándose en su espalda y el sudor placentero. Lo había conocido en un viaje breve que había hecho al interior de la provincia por motivos de trabajo, Pero también recordaba, con la misma intensidad, la distancia, el alejamiento y el abandono con sabor a desprecio. Después de todo eso, solo quedaba tomar la decisión.

El viento aumentó y con él la ondulación de la cortina. Clara pasó cerca de la ventana pero no quiso mirar hacia afuera. Volvió a escuchar -esta vez con más claridad- las voces divertidas y juguetonas, y corrió parte del cortinado para taparlas. La tela la resguardaba, en parte, de aquello que no quería ver ni oír. Le dolía la risa infantil, el juego inocente, la vida por delante.

Siguió con el siguiente. Una voz de hombre del otro lado. Clara preguntó y le respondieron que ninguna Gutiérrez vivía en esa casa. Insistió, explicó cómo había conseguido el número, en qué poste de luz estaba colgado el cartel, escondido con recelo entre otra propaganda más lícita. Pero el hombre volvió a decirle que no.

A esa altura ya no sabía con certeza si era eso que llaman destino o qué, pero la vida parecía empecinarse con ella. Estrujó el papel y lo hubiera arrojado a la basura de no haber sido porque le quedaba una última chance.

El “hola” del otro lado la sobresaltó. Le dijeron que sí, que era Ángeles González. “Qué ironía” había pensado cuando leyó el nombre por primera vez. No le calzaba en absoluto.

– Para cuando quiere el turno…. Podría ser la próxima semana…

Clara colgó, en un impulso repentino, no planeado. Se acercó nuevamente a la ventana, descorrió el brocato. Un grupo de niños corría despreocupado en la vereda, y juntaba las hojas que el otoño le regaló. Ella se acarició la panza y agradeció los llamados no respondidos del día.

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