Personajes que beben demasiado

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.

–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.

–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.

–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado clarete…

 

Así comienza el ENORME (sí, con mayúscula) cuento de John Cheever “El nadador”, en el que el personaje principal hace un recorrido bastante particular: se sumerge en piletas hasta llegar a destino y también se hunde en alcohol.

Personajes que beben, personajes que toman ron, vodka, gin, chianti o martini, además de café. La relación entre sus vidas y el beber en demasía, a veces tiene sus raíces en la propia historia de sus autores. En otros casos solo se apela al alcohol como carozo del relato, como pudo haber sido la locura, la muerte o el amor.

Guy de Muapassant también escribió “El borracho”, pero el tema no pierde vigencia. Hoy está de moda y se convirtió en un best seller, la novela La chica del tren. Rachel Watson, su personaje principal, es dependiente del alcohol, ya perdió su casa, su pareja y el trabajo, y para pasar el tiempo, deambula en tren entre los suburbios y el centro de Londres.

Entre nosotros, Esther Cross también echó mano a este tema en “Los Wilkinson”, cuento en el que Zulema y Hyram hacen del alcohol una decadente forma de vida. Les dejo las primeras líneas de esta gran autora. Salud! 

“Los Wilkinson siempre tomaban una copa al atardecer. En rigor de verdad, los Wilkinson siempre tomaban una copa -o dos, o tres o varias-, a cualquier hora, en cualquier parte. Durante los buenos tiempos, habían viajado mucho. No es que hicieran largos viajes. Pero habían viajado muchísimo y decenas de fotografías ilustraban el living de su departamento. Wilkinson y señora en una playa de Hawai; camisas coloridas, ukelele y ula ula. Un batido de ron con una sombrillita de papel, él. Con una flor origami, ella. Los Wilkinson en la terrace de un café -que no era el Cluny. Dos aceitunas chicas, verdes, en el dry martini frío que comparten, sonrientes, en Las Vegas. Los Wilkinson en medio de un campo de golf, cada cual con su petaca y cara poco deportiva. Los Wilkinson en Viena, chopp a cuestas. Venecia, viva el chianti. El sake allá en Hong Kong. Los Wilkinson boca arriba, apuntando a la lluvia de una bota española. Los Wilkinson en México. Sombreros de mariachi y caras de pescado. Los Wilkinson en las poltronas blancas del Copacabana Palace, reino de la caipirinha. Turbante de ananá a la Miranda para ella. Un panamá fuera de lugar en la cabeza de él. Y así por todos lados. Polonia, entonces vodka. Berlín y liebfraümilch. Escocia bien amada. Irlanda bienvenida…”

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